CRÓNICA : El regateo
Era fines de junio (de 2010, por lo tanto, mes del Mundial de fútbol) y me había encontrado para almorzar con un amigo. Después de una comida por demás nutritiva, decidimos caminar un poco. Sin quererlo terminamos dando vueltas por Florida, calle de la que uno siempre quiere escapar pero en la que termina si se está por la zona.
Como era de esperarse, en un momento desembocamos en la Plaza San Martín donde, en pantalla gigante, se estaba transmitiendo el partido entre Uruguay y Ghana. Nos detuvimos unos minutos para ver como iba el juego y seguimos con el recorrido, intentamos salir del vallado que elegantemente había puesto el Gobierno de la Ciudad pero, obvio que fue difícil porque le dije a mi amigo que me siguiera y, claro, fuimos a dar a un sector que no tenía salida (en fin, la gente no aprende que no hay que seguirme).
Entonces, luego de subir y bajar escaleras, nos sentamos en uno de los banquitos de la Plaza y nos pusimos a conversar tranquilamente, rodeados por el sonido del partido y de las avenidas que rodean el lugar.
En un momento de nuestra pacífica charla, vemos que se acerca un señor visiblemente alcoholizado. enseguida me puse en guardia como para salir disparando a la mínima seña de mi compañero de banco, pero él se veía de lo más tranquilo.
El borracho (perdón si para la sensibilidad de algunos suena agresivo, pero el señor estaba borracho y no dudo que lo fuera) se acercó con una botella de vino debajo del brazo y, al agacharse para comenzar a hablar lo poco que le quedaba se le cayó al piso: "Cuidado que se te cae el vino", le dijo mi amigo, a lo que el señor respondió con un resoplido molesto, al ver el liquido regando la tierra, tomó la botella por el pico, la tiró cerca del banco y comenzó a hablar:
"¿No tenés $20 para darme?" Creo que los dos pensamos lo mismo: ¿no era mucho pedir $20? pero no, era una estrategia.
-¡Eh! no, no tengo -le dijo mi amigo.
- Dale, qué no vas a tener... $20 para comprar algo de comer...
- No, no tengo... tengo para viajar... -clásica respuesta para evadir la situación.
- Bueno... y... ¿no tenés $10?
Misma respuesta de mi compañero de almuerzo. A todo esto, yo estaba muda al lado de él, casi pegada a su cuerpo y lista para salir corriendo, pero él seguía tranquilo y hablaba con calma, cuestión que me tranquilizaba.
- Dale, qué no vas a tener... dale qué son $10...
- Mirá todos los uruguayos que hay, porque no vas a pedirle a ellos - le dijo. Entonces el borracho miró para donde estaba la pantalla y nos miró a nosotros y dijo:
-Ah... dale... ustedes son uruguayos... dale dame $5... dale, mirá, mirá...
Y empezó a revolver en la mochila que traía, cosa que, personalmente, me hizo asustar un poco mucho.
-Mirá, ves... no tengo nada... dale... $5...-decía mientras sacaba un buzo bastante sucio y otras telas que no supe identificar porque estaba mas preocupada tironeando del pantalón de mi amigo que prestando atención al bolso.
- Andá a pedirle a los extranjeros, no jodas mas -le dijo al borracho con un tono firme.
- Dale, que vos sos uruguayo dame $2, dale... si no sos argentino...
Mi amigo me agarró de la mano y nos fuimos, pero cuando nos estábamos yendo pasamos por al lado de un banco donde estaban sentados dos extranjeros que habían visto todo el espectáculo y mientras nos miraban pasar nos dijeron: "¡Vamos Argentina!" Les sonreímos y seguimos.
Caminamos unos pasos más y cuando nos dimos vuelta para ver qué había pasado con el borrachin que había bajado sus pretensiones de $20 a $2, lo vemos en pleno regateo con los turistas.
"Si no hubieran abierto la boca... pero bueh, gringos" dije y sin más seguimos nuestro paseo sin saber quién había ganado ni el partido de fútbol ni el nuevo regateo que, seguramente, había comenzado el señor alcoholizado.
martes, 17 de agosto de 2010
CRÓNICA: Entre las quejas...
Dentro de una ciudad es muy habitual ver bancos y, para algunas personas, es más habitual entrar, transitar y salir de ellos. Y por esto me atrevo (como alguna vez lo hice con algunas historias de bares) a incluir una anécdota que viví en uno de esos recintos.
Había salido de la Universidad de Quilmes con el último pago (por este año) por mis tareas como profesora en ese establecimiento y me dirigí al banco que está en frente de la estación de Bernal para que cambiaran mi cheque por vil metal.
Cuando entré en el banco, todo era normal. Saludé al señor de seguridad (que dicho sea de paso un día, mientras yo buscaba en mi monederito las monedas para viajar en colectivo, me dijo "¿No pensarás pedir monedas?" Lo miré sin entender porque mi monedero estaba que reventaba de monedas y le dije "No, ¿por?" "Por nada, por nada" y se alejó todo colorado). Acto seguido, me ubiqué en la cola que para ese momento del día (apróximadamente las 13 horas) era bastante larga.
Tenía delante mío un hombre en traje, y a los pocos minutos una pareja que estaba bastante apurada se paró detrás de mí.
"En un ratito avanza... Yo tengo que salir a las dos, que no llego si no..." "Si, tiene que avanzar... aunque va lenta." Decían las personas que estaban a mis espaldas.
La verdad es que la cola no avanzaba y la gente, como es natural, se iba poniendo nerviosa.
Después de 25 minutos las cola se movió unos pasos, pasaron otros 10 minutos y se movió otro poco. El señor que estaba apurado decidió irse. Entonces, una señora que estaba atrás de él, ocupó su lugar.
Pasaron otros 25 minutos y por fin llegué al corralito que suelen armar con esas cintas rojas que se meten es esos tubos y con las que me gusta jugar.
"¡Ah, claro! un solo cajero ¡Esto es una vergüenza! Seguro que el gerente está rascándose y nosotros perdiendo el tiempo..." Dijo el educado señor que estaba adelante mio.
En eso el teléfono de la señora que estaba a mis espaldas comenzó a sonar. Ella lo apagó, pero no fue suficiente, porque sonó otra vez, y lo volvió a apagar. Sin embargo, aunque ella nunca atendió, el señor de seguridad se le acercó y con mucha amabilidad le dijo que no usara el celular, que lo apagara.
"¿Pero no viste que no lo contesté?" Le dijo ella con un tono un poco alterado. El señor se disculpó y volvió a su puesto de trabajo. Pero... la llama ya había sido encendida.
"Y ahora se acuerdan de vigilar... claro con la cagada que se mandaron ahora se hacen los que nos cuidan ¡Por favor!" comenzó a decir la señora. (La cagada, aclaro, está relacionada con el caso del Isidro y su mamá)
"¡Si y además tienen un solo cajero! ¡Juegan con nuestro tiempo! porque me vas a decir que no puede ponerse el gerente en la caja. El tipo está ahí parado, boludeando." Dijo el señor de traje que estaba adelante mio, visiblemente exaltado pero en un tono de voz bajo, como para que el gerente no lo escuche.
Pasaron algunos minutos más y el señor de traje, yo y la señora del celular, llegamos al podio de la fila, y ahí se armó la gresca. (Yo seguía muda, fiel a mi convicción de que si hay más de una persona alterada tres o cuatro no resuelven el problema sino que hacen más barullo)
Una señora vestida de maestra que estaba a dos personas de la señora del celular preguntó: "¿Pero sólo tienen un cajero?" (Vale la pena aclarar que el cajero atendía a máxima velocidad, pero con dos manos y dos ojos estaba bastante limitado)
A la pregunta de la señora vestida de maestra se sumaron los comentarios, ahora si en un tono más elevado, del señor de traje y de la señora del celular:
"¡Una vergüenza, y uno es cliente... porque si usted me dice que viene a cobrar un cheque nada más... pero años de cliente y tienen este trato!" decía el señor mientras yo ocultaba el cheque que tenía que cobrar.
"Claro ¡encima el gerente está paveando ahí!" dijo la señora del celular aunando sus palabras al gesto de señalar al gerente. La señora vestida de maestra preguntó: "¿Ese es el gerente?" y mirando al gerente le dijo: "¿No pueden poner otro cajero?"
Con una calma digna, el gerente se acercó y en un tono zen le explicó que no tenía otro cajero, que el cajero que faltaba había tenido un accidente y que no podía poner a cualquier persona en ese puesto, que cada uno en el banco tenía su función y que él no podía estar en la caja porque no era cajero sino gerente.
¡Imaginense la indignación del señor de traje y de la señora del celular!
Al lado de nuestra cola había otra más pequeña que, según entendí, era para clientes especiales del banco, que pagaban un plus para no hacer cola.
El señor de traje vio esa cola y dijo: "¿Por qué el cajero de esa cola no atiende a alguno de nosotros?" El gerente le explicó que no se podía porque las personas que estaba haciendo esa mini cola tenían prioridad, a lo que el señor de traje se exaltó más y ahí se metió una señora muy paqueta que estaba en la mini cola: "Nosotros pagamos $15 más para no hacer cola, no es justo que nos echen la culpa de lo que les pasa." Y se adelantó para que la atendiera su cajero.
"¡Mirála a esa! 'nosotros pagamos $15 más' pero andá a cagar!" dijo el señor de traje. "¡Qué vergüenza, a clientes del banco! Encima mi hijo me llamó dos veces, debe estar preocupado que no contesto y el otro estúpido que me dice que no conteste! ¡¡Si no contesté!!" decía la señora del celular.
A los pocos minutos el señor de traje fue atendido y yo sentí que la señora del celular se me quería colar, claro que no lo hizo. Imaginense que después de una hora de cola y de estar en medio de las quejas no me iba a dejar pasar por más preocupación que tuviera su hijo.
Una semana después volví al mismo banco, un poco más temprano y pude comprobar que también había un cajero que faltaba y que era el que la semana anterior había trabajado como un burro. En su lugar estaba la chica que había faltado anteriormente. Este hecho me hizo pensar dos cosas: o los cajeros se accidentan mucho pero tienen un poder de recuperación increíble; o que, tal vez, los viernes es el día en que uno de los cajeros puede faltar y se turnan... no lo sé, lo dejo a sus criterios...
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